Las luces se apagaron

09 de octubre, 2021 - Micro-cuentos - Comentarios -

Esa mañana desperté creyendo que sería un día más. Corriente. Normal.

Joder, qué equivocada estaba mi mente poco pensante recién encendida, mientras los rayos de luz se abalanzaban sobre mis sábanas aún abiertas por el calor de un verano pegajosamente asfixiante. Sí, soy de esas personas que necesitan taparse, aunque sea un poco... En invierno o en pleno verano a 40 grados de temperatura, y un ventilador que deja de funcionar en mitad de la noche porque, sorpresa, se ha vuelto a ir la luz. Aunque tras apagarse mi cuerpo empiece a sentir que el sudor va apoderándose de cada espacio de mi piel hasta que mis músculos deciden actuar y apartar las sábanas. Sí, necesito taparme.

Pero esta mañana parecía diferente. Extraña. Como si algo fuera a ocurrir en cualquier momento y mi vida fuera a dar un giro inesperado para siempre...

En realidad siempre he creído eso. Supongo que así mis días no parecen tan aburridos, tan monótonos, tan literalmente iguales uno detrás de otro. No, ahora lo voy a decir de verdad, este día era diferente. Algo había en el ambiente. No sería el olor a pan recién hecho de la panadería del bajo de mi bloque, no. Era otra cosa... Algo más allá estaba atravesando la ventana de mi cuarto.  No era tampoco el ruido de un claxon sonando, en la calle en la que vivo, porque el conductor de enfrente estaba ocupado mirando su teléfono móvil en vez de prestar atención al semáforo, que acababa de ponerse en verde. No, os digo que no. Era algo más.

Y aunque no lo parezca, siempre consigo levantarme con una sonrisa. Porque me miro en el espejo y digo «joder, sigues con vida, no tendrás narices encima de quejarte». Tal vez sí tenga motivos para quejarme, pero la vida me ha demostrado que de nada sirven las quejas si no se va a hacer nada por solucionar esos males que se pasean por nuestras cabezas y nuestras rutinas.
Por eso prefiero sonreír y creer que hoy será un día distinto. Bueno, excepto hoy, que os digo de verdad que algo distinto sí hay en el ambiente. Algo que me atrae a sonreír más que nunca. Como si todo lo que fuera a hacer hoy no tuviera ni punto de comparación con esa sensación de paz que de forma extraña estaba sintiendo.

Y de repente, suena el timbre de mi portería, lo escuchaba desde la ventana aún abierta con sus rayos de luz solar. Y la corriente de ese botón pulsado fue directamente hasta la puerta de mi piso, hasta hacer sonar el telefonillo colgado al lado de la puerta principal. «¿Quién?» dije. «Yo» contestó. Y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral, pero pude sentirlo desde las uñas de mis pies hasta las pestañas. No era posible. En un segundo, ese «yo» atravesó mi corazón, punzó todas las costillas de mi cuerpo y me hizo sentir que el recibidor encogía a mi alrededor. Se apagaba la luz, desaparecía, y un zumbido en mi cabeza me hacía temblar la mano con la que acababa de pulsar el botón con una llave dibujada. El que hace que se abra la puerta de la portería.

«¿Y ahora qué? ¿Esto es real?» me dije. Y es que los ruidos lo eran, el olor a pan, el claxon, el calor de verano. Todo era real, ¿por qué eso no iba a serlo? Arrastré mis manos por la cara con agua del grifo, congelada a mi parecer. Pero lo suficientemente real para darme cuenta de que no estaba soñando. «Yo». Sí, era ella.

Suena la puerta y mi corazón se dispara de nuevo como una tormenta. Ahora sí, estoy en el presente y esto va a suceder. Abriré la puerta y estará ella en el otro lado. Pero, ¿cómo? Aún no acabo de entenderlo ni creerlo. Habrá tanto de qué hablar, tanto que explicar, tanto que preguntar... Voy hacia la puerta, dispuesto a abrir. Dispuesto a enfrentarme a todo lo que esté por venir.

- Eres tú.

- Soy yo.

Y esa fue la última vez que la vi. Porque era un sueño tan real, que cuando desperté me dije a mí mismo que no volvería a sentirme mal por haber visto como se alejaba de mi lado sin explicaciones. Porque cada sensación que había recorrido mi cuerpo fue tan torturadora que por un segundo creí que todo eso estaba ocurriendo de verdad. Pero no fue así. Pero sí fue la última vez. Ese día, todo cambió. Todo cambió porque decidí que era el momento de empezar a vivir sin sonreír siendo mentira, prometiéndome que saldría de esa absurda rutina. Mi vida, iba a cambiar por completo. Era el momento, y yo estaba dispuesto a acompañarme en el nuevo camino.

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